Ningún arquitecto moderno ha logrado algo semejante: dejar tras de sí un edificio aún en construcción que, más de un siglo de su concepción, continúa asombrando al mundo y atrayendo a millones de visitantes cada año.
Nacido en Reus en 1852, hijo de un calderero, Gaudí encontró en los oficios artesanos una escuela tan importante como las aulas donde cursó Arquitectura. Durante su juventud compaginó los estudios con el trabajo en talleres de carpintería, cerrajería, cristalería y forja, aprendiendo técnicas y materiales que más tarde incorporaría a sus edificios tanto en exteriores como interiores y en su objetos y muebles.
Aquella formación práctica le permitió comprender la arquitectura no sólo como una disciplina intelectual, sino como un arte total en el que cada detalle, desde una vidriera hasta una barandilla de hierro, debía formar parte de una visión global.

Artesanal y moderno, tradicional y vanguardista
Gaudí desarrolló su carrera en pleno auge del Modernismo, un movimiento artístico nuevo (Art Nouveau en francés) que pretendía romper con los modelos académicos heredados del pasado para construir un lenguaje diferente, libre y plenamente moderno. Sin embargo, su obra fue mucho más allá de las corrientes estéticas de su tiempo.
Hombre solitario, austero hasta la exageración, en su madurez, Antoni Gaudí adoptó una vida de ascetismo extremo que lo hacía parecer un monje franciscano, alejado por completo de los lujos de su juventud. Su rutina alimentaria diaria consistía en una dieta basada en lechuga aliñada, acompañadas de frutos secos, pan, miel y agua. Además de comer muy poco, descuidó por completo su apariencia personal.
Tras un fracaso sentimental sufrido en su juventud, y el único intento de emparejarse, Antoni Gaudí en vez de buscar otra pareja, optó por el celibato definitivo y canalizó toda su energía hacia la introspección espiritual y el misticismo que junto a su mentalidad racional y extraordinaria capacidad de observación, encontró en la naturaleza su principal fuente de inspiración. Para él, las leyes que gobiernan el crecimiento de los árboles, la estructura de los huesos o la forma de las montañas constituyen auténticas lecciones de arquitectura.

Adelantado a su tiempo tecnicamente, rompió con los sistemas constructivos tradicionales, al diseñar columnas inclinadas, estructuras basadas en complejas formas geométricas, bóvedas innovadoras y espacios que desafiaban las convenciones arquitectónicas. Mucho antes de que existieran los ordenadores capaces de calcular estas estructuras complejas, Gaudí lo hizo con métodos hechos con maquetas, cuerdas suspendidas y modelos tridimensionales que le permitían experimentar soluciones revolucionarias.
Incorporó a sus edificios los avances tecnológicos de la Revolución Industrial; el hierro, el acero, el cristal y la cerámica adquirieron en sus manos una dimensión artística. De ahí que se diga que es al mismo tiempo artesanal y moderna, tradicional y vanguardista.
La obra de toda una vida que sigue viva

Pero si existe una construcción capaz de resumir la personalidad, la fe y el genio de Gaudí, esa es sin duda el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. El proyecto nació en 1882 bajo la dirección del arquitecto Francisco de Paula del Villar y Lozano, quien concibió una iglesia de estilo neogótico. Sin embargo, las discrepancias con los promotores provocaron su abandono apenas un año después. En 1883, un joven Gaudí de 31 años asumió la dirección de las obras y transformó por completo el proyecto original.
Una empresa imposible de culminar en vida
A partir de 1914 abandonó cualquier otro encargo profesional para centrarse exclusivamente en la construcción del templo. Hasta su muerte, 43 años de dedicación de los que los últimos 16 años de sus vida los vivió recluido en dentro del templo, incluso dormía allí, como un monje, entregado por completo a una misión que consideraba tanto artística como espiritual.
Renunció progresivamente a la vida social, simplificó sus hábitos y adoptó una existencia austera que muchos contemporáneos compararon con la de un asceta. De hecho, cuando fue atropellado por un tranvía en Barcelona, su aspecto hizo que inicialmente fuera confundido con un indigente.
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Una Biblia en piedra

Gaudí concebía la Sagrada Familia como una inmensa catequesis arquitectónica. El edificio debía explicar visualmente los principales misterios de la fe cristiana y convertirse en un libro abierto para creyentes y no creyentes.
«El templo es la manera más digna de representar el sentir del pueblo», afirmaba. Cada elemento posee un significado. Las fachadas, las esculturas, las torres, los vitrales y las formas geométricas responden a una compleja simbología religiosa inspirada en los Evangelios y la tradición de la Iglesia.
La basílica, con 18 torres, doce de ellas estarán dedicadas a los apóstoles; cuatro, a los evangelistas; una, a la Virgen María; y la torre central, la más alta de todas, a Jesucristo. Con 172,5 metros de altura, se convertirá en una de las estructuras religiosas más elevadas del mundo.

Las tres fachadas principales representan los grandes momentos de la vida de Cristo.
La del Nacimiento, exuberante y llena de vida, es la única ejecutada bajo la supervisión directa de Gaudí. La de la Pasión muestra un lenguaje más austero y dramático. Y la de la Gloria, aún en construcción, será la entrada principal y simbolizará la resurrección y la vida eterna.
Todo en el templo responde a una escala monumental. La superficie construida ronda los 4.500 metros cuadrados y podrá albergar alrededor de 14.000 personas. Hoy sus restos reposan en la cripta de la propia Sagrada Familia.
Naturaleza, Fe y Misterio
La Sagrada Familia es también una síntesis perfecta de las obsesiones intelectuales de Gaudí donde confluyen la observación científica de la naturaleza, geometría, ingeniería y una profunda espiritualidad.

Las columnas se ramifican como árboles. Las bóvedas recuerdan formas vegetales. La luz se filtra a través de vidrieras que transforman el interior en un bosque de colores, donde nada parece arbitrario.
La complejidad simbólica del edificio ha dado pie a numerosas interpretaciones. Algunas han señalado la presencia de elementos geométricos, numerológicos o alegóricos relacionados con tradiciones esotéricas y masónicas, mientras otros consideran que esas referencias proceden del simbolismo cristiano medieval, de la geometría sagrada y de la tradición iconográfica de la Iglesia.
Y todo ello porque Gaudí nunca dejó una explicación completa de todos los significados presentes en su obra. Como afirmó: «Todo el mundo encuentra sus cosas en el templo: los campesinos ven gallinas y gallos; los científicos, los signos del zodíaco; los teólogos, la genealogía de Jesús; pero la explicación, el raciocinio, sólo la saben los competentes y no se debe vulgarizar».
Su legado arquitectónico se extiende mucho más allá de Barcelona: La Casa Vicens, la Casa Batlló, la Casa Milà o Parque Güell figuran entre los grandes iconos del Modernismo catalán. Dejó su huella en otros lugares de España. Ahí están la Casa de los Botines en León, el Palacio Episcopal de Astorga, la Casa Quijano en Comillas-Santander o la profunda reforma que realizó en la catedral de Palma de Mallorca… y en todas refleja su creatividad irrepetible, capaz de transformar la piedra, el hierro y el cristal en formas que parecen aflorar enérgica y directamente de la naturaleza.
Del olvido al reconocimiento universal
Tras su muerte el 10 de junio de 1926, su figura atravesó un largo periodo de silencio. Las corrientes racionalistas dominantes durante buena parte del siglo XX consideraron su arquitectura una extravagancia difícil de encajar en los nuevos tiempos.
Solo a partir de los cincuenta comenzó una profunda revalorización de su obra. Arquitectos, historiadores y críticos descubrieron que muchas de sus soluciones estructurales anticipaban conceptos que sólo décadas después serían asumidos por la arquitectura contemporánea. Adelantado a su tiempo, hoy es uno los grandes genios universales de la arquitectura y algunas de sus obras son Patrimonio Mundial por la Unesco.
Y cien años después de su muerte, Gaudí sigue siendo una figura difícil de clasificar. Fue un hombre profundamente religioso y al mismo tiempo un innovador radical, un artesano y un visionario, un observador minucioso de la naturaleza y un creador de formas del futuro.
Su gran obra permanece inacabada. La Sagrada Familia no es únicamente una basílica sino el testamento de un hombre que quiso convertir la arquitectura en un diálogo permanente entre fe, naturaleza y belleza.

Pocas explicaciones escritas
A diferencia de otros grandes arquitectos, Gaudí dejó pocos textos teóricos y apenas mostró interés por sistematizar su pensamiento por escrito. Esa escasez ha contribuido a alimentar una extensa colección de frases atribuidas al arquitecto, muchas de ellas difíciles de verificar o directamente apócrifas. Algunas nos han llegado a través de discípulos, colaboradores y testimonios contemporáneos, y ayudan a comprender su dimensión humana y espiritual de este hombre de pocas palabras.
La más conocida es la que respondía cuando le preguntaban por la lentitud en su ejecución: «La obra de la Sagrada Familia va lentamente porque mi Cliente no tiene prisa». La frase, transmitida por personas de su entorno resume la serenidad con la que Gaudí contemplaba una empresa que sabía imposible de culminar en vida.

También resulta reveladora una de sus decisiones simbólicas «La obra humana no puede superar la Divina; por eso la Sagrada Familia tendrá 170 metros de altura, tres menos que Montjuïc» donde expresaba su convicción de que ninguna creación del hombre debía sobrepasar la obra de la naturaleza, la máxima manifestación de la perfección divina.
Pero la que mejor retrata la humildad de Gaudí es la que recogió su discípulo y biógrafo César Martinell: «Mis posibles errores serán corregidos por otros» donde se percibe a un hombre alejado de cualquier ego. Lejos de concebir la Sagrada Familia como una obra cerrada, la ofreció como un organismo vivo, abierto al paso del tiempo y a la aportación de quienes vendrían después.
Un siglo después de su muerte, estas palabras adquieren un significado especial. La gran paradoja de Gaudí es que, habiendo escrito poco, dejó una de las obras más elocuentes de la historia de la arquitectura. La Sagrada Familia continúa creciendo sobre el horizonte de Barcelona, una obra que sobrevivió a su creador y que parece confirmar cómo aquel arquitecto de Reus entendió, como solo lo hacen los grandes, el fino hilo que une vida, muerte y eternidad.
Por: Amalia González Manjavacas.
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